Ocurre que algunos Estados, por su situación local, están más directamente expuestos. Nueva York es de esta clase. Según el plan de disposiciones separadas, Nueva York tendría que soportar todo el peso de los establecimientos necesarios para su seguridad inmediata y para la protección mediata o definitiva de sus vecinos. Esto no sería ni equitativo en lo que respecta a Nueva York ni seguro en lo que respecta a los demás Estados.
Diversos inconvenientes acompañarían a un sistema semejante. Los Estados, a cuya suerte pudiera tocar el sostenimiento de los establecimientos necesarios, serían tan poco capaces como dispuestos, durante un tiempo considerable en el porvenir, a soportar la carga de provisiones competentes. La seguridad de todos quedaría así supeditada a la parsimonia, imprevisión o incapacidad de una parte.
Si los recursos de dicha parte llegaran a ser más abundantes y extensos, y sus previsiones debieran ampliarse proporcionalmente, los demás Estados se alarmarían rápidamente al ver toda la fuerza militar de la Unión en manos de dos o tres de sus miembros, y esos probablemente entre los más poderosos. Cada uno elegiría tener algún contrapeso, y fácilmente se idearían pretextos. En esta situación, los establecimientos militares, alimentados por el mutuo recelo, tenderían a crecer más allá de su tamaño natural o adecuado; y estando a la disposición separada de los miembros, serían instrumentos para la reducción o destrucción de la autoridad nacional.
Ya se han dado razones para inducir a la suposición de que los gobiernos estatales serán demasiado naturalmente propensos a una rivalidad con el de la Unión, cuyo fundamento será el amor al poder; y que en cualquier concurso entre la cabeza federal y uno de sus miembros, el pueblo será más apto para unirse con su gobierno local.
Si, además de esta inmensa ventaja, la ambición de los miembros se viera estimulada por la posesión separada e independiente de fuerzas militares,