De los salarios del trabajo
El producto del trabajo constituye la recompensa natural o el salario del trabajo.
En aquel estado original de cosas que precede tanto a la apropiación de la tierra como a la acumulación de capital, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador. No tiene ni propietario ni amo con quienes compartirlo.
De haber continuado este estado, los salarios del trabajo habrían aumentado con todas aquellas mejoras en sus facultades productivas que da ocasión la división del trabajo.
Todas las cosas se habrían abaratado gradualmente. Habrían sido producidas por una menor cantidad de trabajo; y como las mercancías producidas por iguales cantidades de trabajo se habrían cambiado naturalmente unas por otras en este estado de cosas, también se habrían comprado con el producto de una cantidad menor.
Pero aunque todas las cosas se hubieran abaratado en realidad, en apariencia muchas cosas podrían haberse vuelto más caras que antes, o haberse cambiado por una mayor cantidad de otros bienes. Supongamos, por ejemplo, que en la mayor parte de los empleos las fuerzas productivas del trabajo se hubieran multiplicado por diez, o que el trabajo de un día pudiera producir diez veces la cantidad de obra que producía originariamente; pero que en un empleo particular solo se hubieran duplicado, o que el trabajo de un día pudiera producir solamente el doble de la cantidad de obra que producía antes.