en retribución de favores, defensa y protección mucho mayores por parte de la corona de Gran Bretaña, habían sido infringidos o revocados. El pueblo, por lo tanto, habitualmente más interesado en ensalzar el comercio con Portugal, se mostraba entonces más bien dispuesto a presentarlo como menos ventajoso de lo que comúnmente se había imaginado. La gran mayoría, casi la totalidad, según pretendían, de esta importación anual de oro, no correspondía a la Gran Bretaña, sino a otras naciones europeas; las frutas y los vinos de Portugal importados anualmente en la Gran Bretaña compensaban casi el valor de las mercancías británicas enviadas allí.
Supongamos, sin embargo, que el total se debió a la Gran Bretaña, y que ascendió a una suma todavía mayor de la que el señor Baretti parece imaginar: este comercio no sería, por esa razón, más ventajoso que cualquier otro en el cual, por el mismo valor exportado, recibiéramos a cambio un valor igual de bienes de consumo.
No es sino una parte muy pequeña de esta importación la que, según puede suponerse, se emplea como una adición anual ya sea a la vajilla de plata o a la moneda del reino. El resto debe ser enviado al extranjero e intercambiado por bienes de consumo de una u otra clase. Pero si dichos bienes de consumo se comprasen directamente con el producto de la industria inglesa, sería más ventajoso para Inglaterra que comprar primero con ese producto el oro de Portugal y después comprar con ese oro dichos bienes de consumo. Un comercio extranjero de consumo directo es siempre más ventajoso que uno indirecto; y para traer el mismo valor de bienes extranjeros al