La destreza manual, en verdad, incluso en los oficios comunes, no puede adquirirse sin mucha práctica y experiencia. Pero un joven practicaría con mucha más diligencia y atención si desde el principio trabajara como oficial, siendo pagado en proporción al poco trabajo que pudiera ejecutar, y pagando a su vez por los materiales que a veces pudiera echar a perder por torpeza e inexperiencia. Su educación, por lo general, sería de este modo más eficaz, y siempre menos tediosa y costosa. El maestro, en verdad, saldría perdiendo. Perdería todo el salario del aprendiz, que ahora se ahorra durante siete años seguidos. Al final, tal vez el propio aprendiz saldría perdiendo. En un oficio tan fácil de aprender tendría más competidores, y su salario, cuando llegara a ser un operario completo, sería mucho menor que en la actualidad. El mismo aumento de la competencia reduciría los beneficios de los maestros, así como los salarios de los operarios. Los oficios, las artes, los gremios, todos saldrían perdiendo. Pero el público saldría ganando, ya que el trabajo de todos los artesanos llegaría de este modo al mercado mucho más barato.
Para evitar esta reducción del precio, y consecuentemente de los salarios y del beneficio, restringiendo esa libre competencia que con toda seguridad la ocasionaría, se han establecido todas las corporaciones y la mayor parte de las leyes corporativas. Para erigir una corporación, en los tiempos antiguos no se requería en muchas partes de Europa otra autoridad que la de la propia ciudad en la que se establecía. En Inglaterra, ciertamente, era necesario asimismo un real decreto. Pero esta prerrogativa de la corona parece haberse reservado más bien para extorsionar dinero al súbdito que para la defensa de la libertad común frente a tales monopolios opresivos. Mediante el pago de una multa al rey, el real decreto parece haberse concedido por lo general sin dificultad; y cuando alguna clase particular