La lotería del mar no es del todo tan desventajosa como la del ejército. El hijo de un jornalero o artesano respetable suele irse al mar con el consentimiento de su padre; pero si se alista como soldado, siempre es sin él. Otras personas ven alguna posibilidad de que prospere con el oficio de marinero: nadie, salvo él mismo, ve la de que prospere con el otro.
El gran almirante es menos objeto de la admiración pública que el gran general, y el más alto éxito en el servicio naval promete una fortuna y una reputación menos brillantes que un éxito igual en el terrestre. La misma diferencia atraviesa todos los grados inferiores de ascenso en ambos.
Por las reglas de precedencia, un capitán de la marina equivale a un coronel en el ejército; pero no goza de su misma consideración en la estimación popular.
Como los grandes premios de la lotería son menores, los más pequeños deben ser más numerosos. Los marineros comunes, por lo tanto, obtienen con mayor frecuencia alguna fortuna y ascenso que los soldados rasos; y la esperanza de dichos premios es lo que principal y recomendablemente atrae hacia este oficio.
Aunque su destreza y habilidad son muy superiores a las de casi cualquier artífice, y aunque toda su vida es una escena continua de penalidades y peligros, a pesar de toda esa destreza y habilidad, a pesar de todas esas penalidades y peligros, mientras permanecen en la condición de marineros comunes, apenas reciben otra recompensa que el placer de ejercer la primera y de superar los segundos.
Sus salarios no son mayores que los de los jornaleros comunes en el puerto que regula la tarifa de los salarios de los marineros.