El Banco de Inglaterra, con el fin de reabastecer sus arcas de dinero, se ve obligado con frecuencia a llevar lingotes a la casa de la moneda; y probablemente imaginó que le convenía más que la acuñación corriese por cuenta del gobierno antes que por la suya propia. Fue, tal vez, por deferencia hacia esta gran compañía que el gobierno acordó hacer perpetua dicha ley. Sin embargo, si la costumbre de pesar el oro llega a descontinuarse, como es muy probable que suceda debido a su incomodidad; si la moneda de oro de Inglaterra llega a aceptarse por recuento, tal como se hacía antes de la reciente reacuñación, esta gran compañía tal vez descubra que, en esta ocasión como en algunas otras, no ha comprendido nada bien su propio interés.
Antes de la última acuñación, cuando la moneda de oro de Inglaterra estaba un dos por ciento por debajo de su peso legal, como no existía un derecho de acuñación (seignorage), se encontraba un dos por ciento por debajo del valor de aquella cantidad de lingotes de oro fino que debía haber contenido.
Cuando esta gran compañía, por lo tanto, compraba lingotes de oro con el fin de hacerlos acuñar, se veía obligada a pagar por ellos un dos por ciento más de lo que valían después de la acuñación.
Pero si hubiera existido un derecho de acuñación del dos por ciento sobre la moneda, la moneda de oro corriente, aunque estuviese un dos por ciento por debajo de su peso legal, habría sido no obstante igual en valor a la cantidad de oro fino que debía haber contenido; compensando en este caso el valor de la labor de acuñación la disminución del peso.
En verdad habrían tenido que pagar el derecho de acuñación, el cual, al ser del dos por ciento, su pérdida en toda la operación habría sido del dos por ciento exactamente la misma, pero no mayor de lo que en realidad fue.