Inglaterra desearon asegurarse el monopolio de su clientela. Sin pretender, por tanto, haber pagado parte alguna, ni del dinero original de la compra ni de los gastos posteriores de mejora, suplicaron al parlamento que los cultivadores de América quedasen confinados en adelante a su tienda; 1. primero, para comprar todos los bienes que necesitasen de Europa; y, 2. segundo, para vender todas aquellas partes de su propia producción que a dichos comerciantes les conviniera comprar. Pues no les convenía comprarla toda. Algunas partes de la misma importadas a Inglaterra habrían podido entrar en conflicto con algunos de los oficios que ellos mismos ejercían en la metrópoli. Esas partes concretas, por consiguiente, estaban dispuestas a permitir que los colonos las vendieran donde pudieran; cuanto más lejos, mejor; y por esta razón propusieron que su mercado se limitara a los países situados al sur del cabo Finisterre. Un artículo del famoso acta de navegación convirtió esta propuesta *verdaderamente de
El mantenimiento de este monopolio ha sido hasta ahora el principal, o más propiamente tal vez el único fin y propósito del dominio que la Gran Bretaña ejerce sobre sus colonias. En el comercio exclusivo, se supone, consiste la gran ventaja de unas provincias que nunca hasta ahora han aportado ni ingresos ni fuerza militar para el sostenimiento del gobierno civil o la defensa de la metrópoli. El monopolio es el principal distintivo de su dependencia, y es el único fruto que hasta ahora se ha cosechado de dicha dependencia. Cualquier gasto que la Gran Bretaña haya desembolsado hasta el presente en mantener esta dependencia, ha sido realizado en realidad con el fin de sostener este monopolio. El gasto del establecimiento ordinario de paz de las colonias ascendía, antes del comienzo de los presentes disturbios, a la paga de veinte regimientos de infantería; al gasto de la artillería, pertrechos