“El absurdo de estos reglamentos se pondrá de manifiesto con la más mínima reflexión. Todo comercio que se lleva a cabo entre dos países cualesquiera debe ser necesariamente ventajoso para ambos. La intención misma del comercio es cambiar las propias mercancías por otras que uno cree que le resultarán más convenientes. Cuando dos hombres comercian entre sí, es indudablemente para ventaja de ambos. … El caso es exactamente el mismo entre dos naciones cualesquiera. Las mercancías que los comerciantes ingleses desean importar de Francia son ciertamente más valiosas para ellos que lo que dan a cambio”.
Estos celos y prohibiciones eran sumamente perjudiciales para las naciones más ricas, y a Francia e Inglaterra en particular les beneficiaría que «se erradicaran todos los prejuicios nacionales y se estableciera un comercio libre e ininterrumpido».
Ninguna nación se ha arruinado jamás por esta balanza comercial. Todos los escritores políticos desde la época de Carlos II llevaban profetizando «que en pocos años quedaríamos reducidos a un estado de absoluta pobreza», pero «nos encontramos mucho más ricos que antes».
La errónea noción de que la opulencia nacional consiste en dinero también había dado lugar a la absurda opinión de que «ningún consumo interno puede perjudicar la opulencia de un país».
Fue esta misma noción la que condujo al proyecto de Law en Misisipi, en comparación con el cual nuestro propio proyecto de los Mares del Sur era una nadería.
El interés no depende del valor del dinero, sino de la cantidad de capital.
El cambio es un método para prescindir de la transmisión de dinero.