Otra cosa sucede en las haciendas sobre la superficie de la tierra. El valor tanto de su producto como de su renta está en proporción a su fertilidad absoluta, y no a su fertilidad relativa.
La tierra que produce una cierta cantidad de alimentos, ropa y alojamiento, siempre puede alimentar, vestir y alojar a un cierto número de personas; y cualquiera que sea la proporción del terrateniente, esta siempre le otorgará un mando proporcional sobre el trabajo de esas personas y sobre las mercancías con las que ese trabajo pueda abastecerlo.
El valor de las tierras más estériles no disminuye por la vecindad de las más fértiles. Por el contrario, por lo general aumenta debido a ella. El gran número de personas mantenidas por las tierras fértiles proporciona un mercado para muchas partes del producto de las estériles, que jamás habrían encontrado entre aquellos a quienes su propio producto podría mantener.
Todo lo que aumenta la fertilidad de la tierra en la producción de alimentos, incrementa no sólo el valor de las tierras sobre las cuales se aplica la mejora, sino que contribuye asimismo a aumentar el de muchas otras tierras, al crear una nueva demanda para sus productos. Ese abasto de alimentos de que, como consecuencia de la mejora de la tierra, muchas personas disponen más allá de lo que ellas mismas pueden consumir, es la gran causa de la demanda tanto de los metales preciosos como de las piedras preciosas, así como de cualquier otra comodidad y adorno de vestir, alojamiento, mobiliario y carruajes.