El gobierno de ambos países prestaba especial atención a los intereses de la agricultura. Las obras construidas por los antiguos soberanos de Egipto para la distribución adecuada de las aguas del Nilo fueron famosas en la antigüedad, y los restos en ruinas de algunas de ellas siguen siendo la admiración de los viajeros.
Las de la misma índole que construyeron los antiguos soberanos del Indostán, para la distribución adecuada de las aguas del Ganges, así como de muchos otros ríos, aunque han sido menos célebres, parecen haber sido igualmente grandiosas.
Ambos países, por consiguiente, aunque sujetos ocasionalmente a escaseces, han sido famosos por su gran fertilidad. A pesar de que ambos estaban extremadamente poblados, en los años de abundancia moderada ambos eran capaces de exportar grandes cantidades de grano a sus vecinos.
Los antiguos egipcios sentían una aversión supersticiosa hacia el mar; y como la religión gentú no permite a sus seguidores encender fuego, ni por consiguiente cocinar ningún alimento sobre el agua, les prohíbe de hecho todos los viajes marítimos lejanos. Tanto los egipcios como los indios debieron de depender casi por completo de la navegación de otras naciones para la exportación de su producto excedente; y esta dependencia, al haber limitado el mercado, debió de desincentivar el incremento de dicho producto excedente. Debió de desincentivar también el incremento del producto manufacturado más que el del producto bruto. Las manufacturas requieren un mercado mucho más amplio que las partes más importantes del producto bruto de la tierra.