la hornilla de la cocina en la que prepara sus alimentos, el carbón de piedra que utiliza para ese fin, excavado de las entrañas de la tierra y traído a él tal vez mediante un largo transporte por mar y por tierra, todos los demás utensilios de su cocina, todo el menaje de su mesa, los cuchillos y tenedores, los platos de loza o de estaño en los que sirve y reparte su comida, los diferentes operarios empleados en la elaboración de su pan y de su cerveza, la ventana de vidrio que deja pasar el calor y la luz, y mantiene fuera el viento y la lluvia, junto con todo el saber y el arte necesarios para fabricar ese hermoso y feliz invento, sin el cual estas regiones septentrionales del mundo difícilmente habrían ofrecido una vivienda muy confortable, junto con las herramientas de todos los diferentes artesanos empleados en producir esas distintas comodidades; si examinamos, digo, todas estas cosas, y consideramos qué variedad de trabajo se emplea en cada una de ellas, nos damos cuenta de que, sin la asistencia y cooperación de muchos miles, la persona más humilde de un país civilizado no podría ser abastecida, ni siquiera conforme a —lo que imaginamos de manera muy falsa— la forma fácil y sencilla en que suele ser atendida.
Comparado, en verdad, con el lujo más extravagante de los grandes, su bienestar debe parecer sin duda extremadamente sencillo y modesto; y, sin embargo, tal vez sea cierto que el bienestar de un príncipe europeo no excede siempre tanto al de un campesino laborioso y frugal, como el bienestar de este último excede al de muchos reyes africanos, amos absolutos de las vidas y libertades de diez mil salvajes desnudos.