En un país donde se supone que las ganancias ordinarias del capital en la mayor parte de los proyectos mercantiles oscilan entre el seis y el diez por ciento, debió de ser una especulación muy afortunada aquella cuyos rendimientos no solo pudieron reembolsar los enormes gastos con los que se pidió prestado el dinero para llevarla a cabo, sino proporcionar, además, un buen excedente de beneficio para el promotor.
Muchos proyectos vastos y ambiciosos, sin embargo, fueron emprendidos y, durante varios años, llevados a cabo sin más fondo para sostenerlos que el obtenido a este costo exorbitante.
Los promotores, sin duda, tuvieron en sus sueños dorados la visión más nítida de este gran beneficio. Al despertar, sin embargo, ya fuera al final de sus proyectos o cuando ya no pudieron llevarlos a cabo, muy pocas veces, según creo, tuvieron la buena fortuna de hallarlo.
Las letras que A, en Edimburgo, giraba contra B, en Londres, las descontaba regularmente dos meses antes de su vencimiento en algún