debe ser, en su opinión, por esa razón, el gran objeto de su economía política.
Otros admiten que, si una nación pudiera aislarse de todo el mundo, no tendría la menor importancia cuánto o cuán poco dinero circulase en ella. Los bienes de consumo que se pusieran en circulación por medio de este dinero solo se cambiarían por un número mayor o menor de piezas; pero reconocen que la riqueza o pobreza real del país dependería enteramente de la abundancia o la escasez de dichos bienes de consumo.
Pero opinan que ocurre de otro modo con los países que tienen relaciones con naciones extranjeras, y que se ven obligados a librar guerras en el exterior y a mantener flotas y ejércitos en países lejanos. Esto, afirman, no puede hacerse sino enviando dinero al extranjero para pagarles; y una nación no puede enviar mucho dinero al extranjero a menos que tenga una buena cantidad en casa. Toda nación de este tipo debe, por lo tanto, esforzarse en tiempos de paz por acumular oro y plata para que, cuando la ocasión lo requiera, tenga con qué sufragar las guerras extranjeras.
A consecuencia de estas opiniones populares, todas las distintas naciones de Europa han estudiado, aunque con escaso resultado, cuantos medios posibles existen para acumular oro y plata en sus respectivos países.
España y Portugal, propietarias de las principales minas que abastecen a Europa de dichos metales, han prohibido su exportación bajo las más severas penas, o bien la han gravado con un arancel considerable.
Una prohibición semejante parece haber formado parte, antiguamente, de la política de la mayoría de las demás naciones europeas. Incluso se encuentra, allí donde menos cabría esperar hallarla, en algunas antiguas actas del parlamento escocés, que prohíben bajo graves penas sacar oro o plata del reino. Semejante política se aplicó antiguamente tanto en Francia como en Inglaterra.