manos de un hombre que tuviera la locura y la presunción suficientes para creerse apto para ejercerla.
Dar el monopolio del mercado nacional al producto de la industria doméstica, en cualquier arte o manufactura particular, es en cierta medida dirigir a los particulares sobre el modo en que deben emplear sus capitales, y debe ser, en casi todos los casos, una regulación inútil o perjudicial.
Si el producto nacional puede llevarse allí tan barato como el de la industria extranjera, la regulación es evidentemente inútil. Si no puede, por lo general debe ser perjudicial.
Es la máxima de todo cabeza de familia prudente, nunca intentar hacer en casa lo que le cueste más hacer que comprar.
- El sastre no intenta hacerse sus propios zapatos, sino que se los compra al zapatero.
- El zapatero no intenta hacerse su propia ropa, sino que emplea a un sastre.
- El agricultor no intenta hacer ni lo uno ni lo otro, sino que emplea a esos diferentes artesanos.
Todos ellos encuentran de su interés emplear toda su industria de un modo en el que tengan alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar con una parte de su producto, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte de él, cualquier otra cosa que necesiten.
Lo que es prudencia en la conducta de cada familia en particular, difícilmente puede ser insensatez en la de un gran reino. Si un país extranjero puede abastecernos de una mercancía más barata de lo que nosotros podemos fabricarla, más vale comprarla con una parte del producto de nuestra propia industria, empleada de manera que tengamos alguna ventaja.