tal vez, desde que el mundo existe, el único Estado que, a medida que ha extendido su imperio, no ha hecho sino aumentar sus gastos sin incrementar ni una sola vez sus recursos. Otros estados se han desentendido por lo general, cargando sobre sus provincias súbditas y subordinadas la mayor parte de los gastos de defensa del imperio. La Gran Bretaña ha permitido hasta ahora que sus provincias súbditas y subordinadas se desentiendan, cargando sobre ella casi la totalidad de este gasto. Para situar a la Gran Bretaña en pie de igualdad con sus propias colonias, a las que la ley ha supuesto hasta ahora como súbditas y subordinadas, parece necesario, según el plan de gravarlas mediante solicitudes parlamentarias, que el parlamento disponga de algún medio para hacer que sus peticiones sean inmediatamente eficaces, en caso de que las asambleas de las colonias intenten evadirlas o rechazarlas; y cuáles sean esos medios no es muy fácil de concebir, ni se ha explicado todavía.
Si el parlamento de Gran Bretaña, al mismo tiempo, quedara alguna vez plenamente investido del derecho de imponer tributos a las colonias, incluso con independencia del consentimiento de sus propias asambleas, la importancia de dichas asambleas llegaría desde ese momento a su fin, y con ella, la de todos los hombres principales de la América británica. Los hombres desean tener cierta participación en la gestión de los asuntos públicos principalmente debido a la importancia que ello les confiere. De la facultad que la mayor parte de los hombres principales, la aristocracia natural de todo país, posee para preservar o defender su respectiva importancia depende la estabilidad y la duración de todo sistema de gobierno libre. En los ataques que esos hombres principales hacen continuamente contra la importancia de los demás, y en la defensa de la propia, consiste todo el juego de