Parte de este dinero de la gran república mercantil puede haber sido, y probablemente fue, empleado en llevar a cabo la última guerra. En tiempo de una guerra general, es natural suponer que se le imprima un movimiento y una dirección diferentes de los que suele seguir en una paz profunda; que circule más alrededor del escenario de la guerra y se emplee más en comprar allí, y en los países vecinos, la paga y las provisiones de los diferentes ejércitos. Pero cualquier parte de este dinero de la república mercantil que la Gran Bretaña haya empleado anualmente de esta manera, debe haber sido comprada anualmente, ya sea con mercancías británicas o con alguna otra cosa que hubiera sido comprada con ellas; lo cual nos devuelve una vez más a las mercancías, al producto anual de la tierra y del trabajo del país, como los recursos últimos que nos permitieron llevar a cabo la guerra. Es natural en verdad suponer que un gasto anual tan grande debió haber sido costeado a partir de un gran producto anual. El gasto de 1761, por ejemplo, ascendió a más de diecinueve millones. Ninguna acumulación podría haber sostenido una prodigalidad anual tan grande. No hay producto anual, ni siquiera de oro y plata, que lo hubiera podido sostener. Todo el oro y la plata importados anualmente tanto en España como en Portugal, según los mejores cálculos, por lo común no excede mucho de los seis millones de libras esterlinas, los cuales, en algunos años, apenas habrían pagado cuatro meses del gasto de la última guerra.
Las mercancías más apropiadas para ser transportadas a países distantes, con el fin de adquirir allí ya sea la paga y las provisiones de un ejército, o parte del dinero de la república mercantil para emplearlo en adquirirlas, parecen ser las manufacturas más finas y elaboradas; aquellas que contienen un gran valor en un pequeño volumen y que, por lo tanto, pueden ser exportadas a gran distancia con poco gasto.