solo circunstancias muy particulares pueden hacerle preferir la residencia de Ámsterdam. La inquietud, sin embargo, que experimenta al encontrarse tan lejos de su capital, le determina generalmente a traer a Ámsterdam una parte tanto de las mercancías de Königsberg que destina al mercado de Lisboa como de las mercancías de Lisboa que destina al de Königsberg; y aunque esto le somete necesariamente a un doble gasto de carga y descarga, así como al pago de algunos aranceles y derechos de aduana, sin embargo, con el fin de tener siempre una parte de su capital bajo su propia inspección y mando, se somete voluntariamente a este gasto extraordinario; y es de este modo como todo país que posee una parte considerable del comercio de transporte se convierte siempre en el emporio, o mercado general, de las mercancías de todos los diferentes países cuyo comercio realiza. El comerciante, para evitar una segunda carga y descarga, se esfuerza siempre en vender en el mercado nacional tantas mercancías de todos esos diferentes países como le sea posible, y así, en la medida de lo alcancen sus fuerzas, convierte su comercio de transporte en un comercio exterior de consumo. Del mismo modo, un comerciante dedicado al comercio exterior de consumo, cuando reúne mercancías para los mercados extranjeros, se alegrará siempre, en condiciones de beneficios iguales o casi iguales, de vender una parte tan grande de ellas en su país como pueda. Se ahorra el riesgo y la molestia de la exportación cuando, en la medida de lo posible, convierte así su comercio exterior de consumo en un comercio interior. *El país natal es de este modo el centro, si me es permitido expresarme así, en torno al cual los capitales de los habitantes de cualquier nación circulan continuamente, y hacia el cual tienden siempre, aunque por causas particulares puedan a veces ser alejados y repelidos hacia
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II. De las restricciones a la importación de aquellos productos extranjeros que se pueden producir en el país
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