innecesaria de oro y plata, es tan absurdo como lo sería intentar aumentar la buena mesa de las familias particulares obligándoles a conservar un número innecesario de utensilios de cocina. Así como el gasto de comprar esos utensilios innecesarios disminuiría en vez de aumentar la cantidad o la calidad de las provisiones familiares, del mismo modo el gasto de comprar una cantidad innecesaria de oro y plata debe, en cada país, disminuir necesariamente la riqueza que alimenta, viste y da alojamiento, que mantiene y emplea al pueblo. El oro y la plata, ya sea en forma de moneda o de vajilla, son utensilios, debe recordarse, tanto como el menaje de la cocina. Hágase aumentar el uso para ellos, háganse aumentar las mercancías de consumo que han de ser circuladas, manejadas y preparadas por medio de ellos, y se aumentará infaliblemente su cantidad; pero si intentáis, por medios extraordinarios, aumentar la cantidad, disminuiréis con la misma infalibilidad el uso e incluso la cantidad misma, que en estos metales nunca puede ser mayor de lo que el uso requiere. Si alguna vez llegaran a acumularse más allá de esta cantidad, su transporte es tan fácil, y la pérdida que conlleva el que permanezcan ociosos y sin empleo es tan grande, que ninguna ley podría impedir que fueran enviados inmediatamente fuera del país.
No siempre es necesario acumular oro y plata para permitir que un país libre guerras extranjeras y mantenga flotas y ejércitos en países distantes.
Las flotas y los ejércitos se mantienen, no con oro y plata, sino con bienes consumibles. La nación que, a partir del producto anual de su industria doméstica, a partir de la renta anual derivada de sus tierras, su trabajo y su capital consumible, dispone de los medios para comprar dichos bienes consumibles en países distantes, puede mantener guerras extranjeras en ellos.
Una nación puede adquirir la paga y las provisiones de un ejército en un país distante de tres maneras diferentes: enviando al extranjero,