Aunque el oficio de orfebre es muy considerable en Gran Bretaña, la mayor parte de la nueva vajilla de plata que venden anualmente está hecha de otra vieja vajilla fundida; de modo que la adición anual que se hace al total de la plata del reino no puede ser muy grande, y apenas requeriría una importación anual muy pequeña.
Lo mismo ocurre con la moneda. Nadie imagina, creo, que incluso la mayor parte de la acuñación anual —que ascendió, durante diez años seguidos, antes de la reciente reforma de la moneda de oro, a más de ochocientas mil libras al año en oro— fuera un incremento anual del dinero que ya circulaba en el reino. En un país donde el gasto de la acuñación es costeado por el gobierno, el valor de la moneda, incluso cuando contiene todo su peso legal de oro y plata, nunca puede ser mucho mayor que el de una cantidad igual de esos metales sin acuñar; porque solo se requiere la molestia de acudir a la casa de la moneda, y la demora tal vez de unas pocas semanas, para procurarse por cualquier cantidad de oro y plata sin acuñar una cantidad igual de esos metales en moneda. Pero, en todos los países, la mayor parte de la moneda circulante está casi siempre más o menos gastada, o de otro modo deteriorada respecto a su ley. En Gran Bretaña lo estaba bastante antes de la reciente reforma, ya que el oro se encontraba más de un dos por ciento y la plata más de un ocho por ciento por debajo de su peso legal. Pero si cuarenta y cuatro guineas y media, que contenían todo su peso legal —una libra de peso de oro—, podían comprar muy poco más que una libra de peso de oro sin acuñar, cuarenta y cuatro guineas y media a las que les faltaba una parte de su peso no podían comprar una libra de