propia buena suerte, que siempre que existe la menor probabilidad de éxito, una proporción excesiva de aquel suele acudir a ellos por su propia voluntad.
Pero aunque el juicio de la razón sobria y de la experiencia acerca de tales proyectos ha sido siempre sumamente desfavorable, el de la avidez humana ha sido comúnmente muy distinto.
La misma pasión que ha sugerido a tantas personas la absurda idea de la piedra filosofal, ha sugerido a otras la igualmente absurda de inmensas y ricas minas de oro y plata.
No consideraban que el valor de esos metales ha dimanado, en todas las edades y naciones, principalmente de su escasez, y que su escasez ha dimanado de las muy pequeñas cantidades de ellos que la naturaleza ha depositado en alguna parte, de las sustancias duras e intratables con las que casi en todas partes ha rodeado esas pequeñas cantidades, y en consecuencia del trabajo y del gasto que son en todas partes necesarios para penetrar hasta ellos y conseguirlos.
Se lisonjeaban con que las vetas de esos metales se podrían encontrar en muchos lugares tan grandes y abundantes como las que comúnmente se hallan de plomo, cobre, estaño o hierro.
El sueño de Sir Walter Raleigh acerca de la ciudad y el país áureo de El Dorado puede bastarnos para comprender que ni siquiera los hombres sabios están siempre exentos de semejantes extrañas ilusiones.
Más de cien años después de la muerte de aquel gran hombre, el jesuita Gumila aún estaba convencido de la realidad de aquel país maravilloso, y expresó con gran fervor, y me atrevo a decir que con gran sinceridad, cuán feliz sería de llevar la luz del evangelio a un pueblo que tan bien podía recompensar los piadosos trabajos de su misionero.
En los países descubiertos por primera vez por los españoles, no