pan y la carne de carnicería de Europa; se ve así ampliado enormemente por medio del comercio con América.
Pero que el monopolio del comercio de colonias pobladas y prósperas no sea por sí solo suficiente para establecer, ni siquiera para mantener manufacturas en ningún país, lo demuestran suficientemente los ejemplos de España y Portugal.
España y Portugal eran países manufactureros antes de tener colonias de consideración. Desde que tuvieron las más ricas y fértiles del mundo, ambos han dejado de serlo.
En España y Portugal, los malos efectos del monopolio, agravados por otras causas, han contrarrestado tal vez, casi por completo, los buenos efectos naturales del comercio colonial.
Estas causas parecen ser: otros monopolios de diversa índole; la degradación del valor del oro y de la plata por debajo del que tienen en la mayoría de los demás países; la exclusión de los mercados extranjeros mediante impuestos inadecuados a la exportación, y la reducción del mercado interno mediante impuestos aún más inadecuados al transporte de mercancías de una parte del país a otra; pero, sobre todo, esa administración de justicia irregular y parcial que a menudo protege al deudor rico y poderoso de la persecución de su acreedor perjudicado, y que hace que la parte laboriosa de la nación tema preparar mercancías para el consumo de esos hombres soberbios y grandes a quienes no se atreven a negar la venta a crédito, y de quienes les resulta totalmente incierto obtener el reembolso.
En Inglaterra, por el contrario, los buenos efectos naturales del comercio colonial, secundados por otras causas, han contrarrestado en gran medida los malos efectos del monopolio. Estas causas parecen ser: * la libertad general de comercio, que, a pesar de ciertas restricciones, es al menos igual, y tal vez superior, a la de cualquier otro país; * la libertad de exportar, libres