nuevo método para adquirir importancia, un nuevo y más deslumbrante objeto de ambición se presentaría a los hombres principales de cada colonia. En lugar de andar rebuscando los pequeños premios que se encuentran en lo que puede llamarse la mezquina rifa de las facciones coloniales; podrían entonces esperar, por la presunción que los hombres albergan naturalmente en su propia habilidad y buena fortuna, extraer algunos de los grandes premios que a veces salen de la rueda de la gran lotería estatal de la política británica. A menos que se recurra a este u otro método —y no parece haber ninguno más obvio que este— para preservar la importancia y satisfacer la ambición de los hombres principales de América, no es muy probable que jamás se sometan voluntariamente a nosotros; y debemos considerar que la sangre que deba derramarse para obligarles a hacerlo es, cada gota de ella, la sangre o bien de aquellos que son, o bien de aquellos a quienes deseamos tener por conciudadanos. Muy débiles son quienes se engañan creyendo que, en el estado a que han llegado las cosas, nuestras colonias serán fácilmente conquistadas solo por la fuerza. Las personas que ahora rigen las resoluciones de lo que llaman su congreso continental, sienten en sí mismas en este momento un grado de importancia que, tal vez, apenas sientan los más grandes súbditos de Europa. De tenderos, artesanos y procuradores, se han convertido en estadistas y legisladores, y están empleados en idear una nueva forma de gobierno para un extenso imperio que, según se lisonjean, se convertirá, y que, en efecto, parece muy probable que se convierta, en uno de los más grandes y formidables que jamás hayan existido en el mundo. Quinientas personas diferentes, tal vez, que de diversas maneras actúan inmediatamente bajo el congreso continental; y quinientas mil, tal vez, que
Table of Contents
VII. De las Colonias
845