así, por decirlo de algún modo, suspendidos sobre las alas dedalianas del papel moneda, como cuando viajan por el suelo firme del oro y de la plata. Además de los accidentes a los que están expuestos debido a la impericia de los directores de este papel moneda, son vulnerables a varios otros, contra los cuales ninguna prudencia o habilidad de dichos directores puede protegerlos.
Una guerra desafortunada, por ejemplo, en la que el enemigo se apoderase de la capital y, en consecuencia, de aquel tesoro que sustentaba el crédito del papel moneda, ocasionaría una confusión mucho mayor en un país donde toda la circulación se efectuara mediante papel que en uno donde la mayor parte se realizara con oro y plata.
Habiendo perdido su valor el instrumento habitual del comercio, no podria hacerse ningún intercambio salvo mediante el trueque o a crédito.
Como todos los impuestos se habrían pagado habitualmente en papel moneda, el príncipe no tendría con qué pagar a sus tropas ni abastecer sus almacenes, y la situación del país sería mucho más irremediable que si la mayor parte de su circulación hubiera consistido en oro y plata.
Un príncipe, ansioso por mantener en todo momento sus dominios en el estado en que pueda defenderlos con mayor facilidad, debe, por esta razón, precaverse no solo contra esa multiplicación excesiva del papel moneda que arruina a los propios bancos que lo emiten, sino incluso contra aquella multiplicación del mismo que les permita inundar con él la mayor parte de la circulación del país.