Los comerciantes suelen tener la ambición de convertirse en caballeros rurales y, cuando lo hacen, son por lo general los mejores de todos los mejoradores. * Un comerciante está acostumbrado a emplear su dinero principalmente en proyectos lucrativos; mientras que un mero caballero rural está acostumbrado a emplearlo principalmente en gastos. * El primero ve a menudo cómo su dinero se aleja de él y le vuelve con un beneficio; el segundo, una vez que se desprende de él, rara vez espera volver a ver nada más. Esos diferentes hábitos afectan naturalmente a su carácter y disposición en toda clase de negocios. Un comerciante es por lo común un empresario audaz; un caballero rural, un empresario tímido. > El primero no teme desembolsar de una vez un gran capital en la mejora de sus tierras, cuando tiene una perspectiva probable de elevar su valor en proporción al gasto. El segundo, si tiene algún capital, lo cual no siempre ocurre, rara vez se arriesga a emplearlo de esta manera. Si mejora algo, por lo general no lo hace con un capital, sino con lo que puede ahorrar de su renta anual. Quien haya tenido la fortuna de vivir en una ciudad mercantil situada en un país sin mejorar, habrá observado con frecuencia cuán más enérgicas eran las operaciones de los comerciantes en este sentido que las de los meros caballeros rurales. Los hábitos, además, de orden, economía y atención, a los que la actividad mercantil forma naturalmente a un comerciante, lo hacen mucho más apto para ejecutar, con beneficio y éxito, cualquier
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IV. Cómo el comercio de las ciudades contribuyó a la mejora del campo
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