restableciendo con ello el cambio entre Inglaterra y Escocia a su tipo natural, o al que el curso del comercio y de las remesas determinara en cada caso.
En el papel moneda de Yorkshire, el pago de una suma tan pequeña como un sixpence dependía a veces de la condición de que el portador del billete le devolviera el cambio de una guinea a la persona que lo había emitido; una condición que a los poseedores de dichos billetes les debía resultar muy difícil de cumplir con frecuencia, y que sin duda devaluó esta moneda por debajo del valor del oro y de la plata. En consecuencia, una ley del parlamento declaró ilegales tales cláusulas y suprimió, del mismo modo que en Escocia, todos los pagarés al portador por un valor inferior a veinte chelines.
Las monedas de papel de América del Norte no consistían en billetes de banco pagaderos al portador a la vista, sino en un papel gubernamental cuyo pago no era exigible hasta varios años después de su emisión; y aunque los gobiernos de las colonias no pagaban ningún interés a los tenedores de este papel, declararon que era, y de hecho lo convirtieron en, de curso legal por el valor total por el que había sido emitido. Pero aun admitiendo que la seguridad de la colonia fuera perfectamente sólida, cien libras pagaderas dentro de quince años, por ejemplo, en un país donde el interés está al seis por ciento, valen poco más de cuarenta libras al contado. Obligar por tanto a un acreedor a aceptar esto como pago total de una deuda de cien libras desembolsadas efectivamente al contado, fue un acto de una injusticia tan violenta que quizás apenas haya sido intentado por el gobierno de ningún otro país que pretendiera ser libre. Lleva los indicios evidentes de haber sido originalmente, tal como el honrado y franco doctor Douglas nos asegura que fue, un plan de deudores fraudulentos para estafar a sus acreedores. El gobierno de Pensilvania, en efecto, pretendió, en su primera emisión de papel moneda en 1722, hacer que su papel tuviera el mismo valor que