únicamente a gente industriosa, sin embargo con sus gastos, es decir, mediante el empleo de su renta, alimenta por lo común exactamente al mismo tipo de gente que el gran señor.
La proporción, por lo tanto, entre las manos productivas y las improductivas, depende en gran medida en cada país de la proporción entre aquella parte del producto anual que, tan pronto como sale de la tierra o de las manos de los trabajadores productivos, está destinada a reemplazar un capital, y aquella que está destinada a constituir una renta, ya sea como renta de la tierra o como beneficio.
Esta proporción es muy diferente en los países ricos de lo que es en los pobres.
Así, en la actualidad, en los países opulentos de Europa, una porción muy grande, y frecuentemente la mayor, del producto de la tierra está destinada a reemplazar el capital del agricultor rico e independiente; la otra, a pagar sus beneficios y la renta del propietario. Pero antiguamente, durante el predominio del gobierno feudal, una porción muy pequeña del producto era suficiente para reemplazar el capital empleado en el cultivo. Este consistía comúnmente en unas pocas cabezas de ganado miserables, mantenidas enteramente por el producto espontáneo de la tierra no cultivada, y que podían considerarse, por tanto, como parte de dicho producto espontáneo. Por lo general, pertenecía también al propietario, quien se lo adelantaba a los ocupantes de la tierra. Todo el resto del producto le pertenecía asimismo, con toda propiedad, ya sea como renta por su tierra o como beneficio sobre este mísero capital. Los ocupantes de la tierra eran por lo general siervos, cuyas personas y bienes eran igualmente de su propiedad. Quienes no eran siervos eran aparceros precarios, y aunque la renta que pagaban era a menudo nominalmente poco más que un canon censal, en realidad