situar al sirviente medieval e incluso al criado doméstico moderno en la clase improductiva. Iría incluso un poco más allá y colocaría junto a ellos a todos aquellos cuyo trabajo no produjera objetos particulares vendibles, o que no estuvieran empleados para el beneficio económico de sus empleadores.
Confundiéndose un tanto entre estas distinciones y la doctrina fisiocrática de los «avances», imaginó que existía una estrecha conexión entre el empleo del trabajo productivo y la acumulación y empleo del capital.
De ahí que, con la ayuda de la observación común de que donde aparece un capitalista pronto surgen los trabajadores, llegara a la conclusión de que la cantidad de capital en un país determina el número de trabajadores «útiles y productivos».
Por fin deslizó en su teoría de los precios y de sus partes componentes la sugerencia de que, así como el precio de cualquier mercancía se divide entre salarios, beneficios y renta, del mismo modo todo el producto se divide entre trabajadores, capitalistas y terratenientes.
Estas ideas sobre el capital y el trabajo improductivo son sin duda de gran importancia en la historia de la teoría económica, pero eran fundamentalmente erróneas y nunca fueron aceptadas de forma tan universal como se suele suponer. La concepción de la riqueza de las naciones como un producto anual, distribuido anualmente, ha sido, sin embargo, de un valor inmenso. Como otras concepciones de este tipo, estaba destinado a surgir. Podría haberse desarrollado directamente a partir de Davenant o Petty casi un siglo antes. No necesitamos suponer que algún otro no le habría dado pronto su lugar en la economía inglesa si Adam Smith no lo hubiese hecho, pero