Es difícil concebir que un capital pueda emplearse de alguna manera que no pueda clasificarse bajo alguna de estas cuatro.
Cada uno de esos cuatro métodos de emplear un capital es esencialmente necesario ya sea para la existencia o la extensión de los otros tres, o para la conveniencia general de la sociedad.
A menos que se empleara un capital en proporcionar producción bruta hasta cierto grado de abundancia, ni las manufacturas ni el comercio de ningún tipo podrían existir.
A menos que se empleara un capital en la fabricación de aquella parte del producto bruto que requiere una buena cantidad de preparación antes de poder ser apta para el uso y el consumo, o bien no se produciría nunca, por no haber demanda para ella; o, si se produjese espontáneamente, carecería de valor de cambio y no podría añadir nada a la riqueza de la sociedad.
A menos que se empleara un capital en transportar, ya sea la producción bruta o la manufacturada, desde los lugares donde abunda hasta aquellos donde se necesita, no se podría producir de ninguna de las dos más de lo necesario para el consumo de la vecindad.
El capital del comerciante intercambia el excedente de producción de un lugar por el de otro, y de este modo fomenta la industria y aumenta los goces de ambos.
A menos que se empleara un capital en romper y dividir ciertas porciones, ya sea de los productos brutos o manufacturados, en paquetes tan pequeños como convengan a las demandas ocasionales de quienes los necesitan, cada hombre se vería obligado a comprar una cantidad mayor de los bienes que desea de la que requieren sus necesidades inmediatas.