El ahorro de una suma tan pequeña, o incluso la obtención de otra que difícilmente podría ser mucho mayor, son objetos demasiado insignificantes, según se puede pensar, para merecer la seria atención del gobierno. Pero el ahorro de dieciocho o veinte mil libras al año en caso de un acontecimiento que no es improbable, que ha ocurrido con frecuencia anteriormente y que es muy probable que vuelva a suceder, es sin duda un objeto que bien merece la seria atención incluso de una compañía tan grande como el Banco de Inglaterra.
Algunos de los razonamientos y observaciones precedentes tal vez habrían estado más adecuadamente colocados en aquellos capítulos del primer libro que tratan del origen y uso del dinero, y de la diferencia entre el precio real y el nominal de las mercancías.
Pero como la ley para el fomento de la acuñación tiene su origen en aquellos vulgares prejuicios que ha introducido el sistema mercantil, juzgué más apropiado reservarlos para este capítulo.
Nada podía ser más acorde con el espíritu de ese sistema que una especie de prima a la producción de dinero, precisamente aquello que, según supone, constituye la riqueza de toda nación. Es uno de sus muchos expedientes admirables para enriquecer al país.