otros dos países. Este sería el caso, incluso bajo la suposición de que todos los productos franceses importados fuesen consumidos en la Gran Bretaña.
Pero, en segundo lugar, una gran parte de ellos podría reexportarse a otros países, donde, al venderse con ganancia, podrían aportar un retorno equivalente en valor, tal vez, al costo original de todos los productos franceses importados.
Lo que se ha dicho frecuentemente del comercio de las Indias Orientales podría ser posiblemente verdad respecto al de Francia; que aunque la mayor parte de las mercancías de las Indias Orientales se compraba con oro y plata, la reexportación de una parte de ellas a otros países devolvió más oro y plata al país que realizaba el comercio de lo que ascendía el costo original del total.
Una de las ramas más importantes del comercio holandés, en la actualidad, consiste en el transporte de mercancías francesas a otros países europeos. Incluso una parte del vino francés que se bebe en Gran Bretaña se importa clandestinamente desde Holanda y Zelanda.
Si hubiera un comercio libre entre Francia e Inglaterra, o si los productos franceses pudieran importarse pagando únicamente los mismos aranceles que los de otras naciones europeas, con devolución de los mismos en la exportación, Inglaterra podría tener cierta participación en un comercio que resulta tan ventajoso para Holanda.
En tercer y último lugar, no existe ningún criterio cierto mediante el cual podamos determinar de qué lado se encuentra lo que se denomina la balanza entre dos países cualesquiera, o cuál de ellos exporta por mayor valor. El prejuicio y la animosidad nacional, impulsados siempre por el interés privado de determinados comerciantes, son los principios que por lo general dirigen nuestro juicio sobre todas las cuestiones al respecto.