las colonias y, en consecuencia, recuperar la mayor cantidad posible de los aranceles que habían adelantado al importarlas a Gran Bretaña. Ello les permitiría vender en las colonias, ya fuera la misma cantidad de mercancías con un mayor beneficio, o una mayor cantidad con el mismo beneficio, y, por consiguiente, ganar algo de una u otra manera. Asimismo, convenía al interés de las colonias obtener todas esas mercancías lo más baratas y en la mayor abundancia posible. Pero esto no siempre convenía al interés de la metrópoli. Esta podía sufrir con frecuencia tanto en sus ingresos, al devolver gran parte de los aranceles que se habían pagado por la importación de tales mercancías; como en sus manufacturas, al ser superada en precio en el mercado colonial como consecuencia de las facilidades con las que las manufacturas extranjeras podían ser transportadas allí por medio de dichas restituciones. Se suele decir que el progreso de la manufactura de lino de Gran Bretaña se ha visto bastante retrasado por las restituciones a la reexportación de lino alemán a las colonias americanas.
Pero aunque la política de la Gran Bretaña con respecto al comercio de sus colonias ha estado dictada por el mismo espíritu mercantil que la de otras naciones, ha sido, sin embargo, en conjunto, menos iliberal y opresiva que la de cualquiera de ellas.
En todo, a excepción de su comercio exterior, la libertad de los colonos ingleses para administrar sus propios asuntos a su manera es absoluta. Es en todos los aspectos igual a la de sus conciudadanos en la metrópoli, y está asegurada de la misma manera, mediante una asamblea de representantes del pueblo, que reclama el derecho exclusivo de imponer tributos para el mantenimiento del gobierno de la colonia. La autoridad de esta asamblea impone respeto al poder ejecutivo, y ni el