Cuando esos países se volvieron comerciales, los comerciantes encontraron esta prohibición, en muchas ocasiones, sumamente inconveniente. Frecuentemente podían comprar con mayor ventaja, con oro y plata que con cualquier otra mercancía, los bienes extranjeros que querían, ya fuera para importarlos al suyo propio o para llevarlos a algún otro país extranjero. Protestaron, por lo tanto, contra esta prohibición por considerarla perjudicial para el comercio.
Representaban, primero, que la exportación de oro y plata para comprar productos extranjeros no disminuía siempre la cantidad de esos metales en el reino.
Que, por el contrario, con frecuencia podía aumentar dicha cantidad; porque, si con ello no aumentaba el consumo de productos extranjeros en el país, tales productos podían ser reexportados a países extranjeros y, al ser vendidos allí con un gran margen de beneficio, podían reportar mucho más tesoro que el originalmente enviado para comprarlos.
El señor Mun compara esta operación del comercio exterior con la siembra y la cosecha de la agricultura.
«Si solo contemplamos —dice— las acciones del labrador en la siembra, cuando arroja al suelo mucho grano bueno, lo consideraremos más un loco que un labrador. Pero cuando consideramos sus fatigas en la cosecha, que es el fin de sus desvelos, hallaremos el valor y el abundante incremento de sus actos».
Representaban, en segundo lugar, que esta prohibición no podía impedir la exportación de oro y plata, los cuales, debido a lo reducido de su volumen en proporción a su valor, podían contrabandearse fácilmente al extranjero. * Que esta exportación solo podía prevenirse prestando la debida atención a lo que denominaban la balanza