La exigencia llega antes que los retornos, y no tienen nada a mano con lo que puedan comprar dinero u ofrecer una garantía sólida para pedirlo prestado. No es ninguna escasez de oro y plata, sino la dificultad que esas personas encuentran para pedir prestado, y la que sus credores hallan para cobrar, lo que ocasiona la queja general de la escasez de dinero.
Sería demasiado ridículo ponerse a probar seriamente que la riqueza no consiste en dinero, ni en oro y plata, sino en aquello que el dinero compra, y para cuya compra solamente es valioso.
El dinero, sin duda, forma siempre una parte del capital nacional; pero ya se ha demostrado que por lo general constituye tan solo una pequeña parte del mismo, y siempre la más improductiva.
No es porque la riqueza consista más esencialmente en dinero que en mercancías por lo que al comerciante le resulta por lo general más fácil comprar mercancías con dinero que comprar dinero con mercancías, sino porque el dinero es el instrumento de comercio conocido y establecido, por el cual todo se da fácilmente a cambio, pero que no siempre se puede obtener con igual facilidad a cambio de todo. La mayor parte de las mercancías, además, son más perecederas que el dinero, y con frecuencia puede sufrir una pérdida mucho mayor al conservarlas. Cuando sus mercancías están también en su poder, es más propenso a demandas de dinero a las que quizás no pueda hacer frente que cuando ha obtenido su precio en sus arcas. Además de todo esto, su ganancia proviene más directamente de la venta que de la compra, y por todas estas razones está por lo general mucho más ansioso por cambiar sus mercancías por dinero que su dinero por mercancías. Pero aunque un comerciante en particular, con abundancia de mercancías en su almacén, pueda a veces arruinarse por no poder venderlas a tiempo, una nación o país no está expuesto al mismo accidente. Todo el capital de un comerciante consiste con frecuencia en