tercera parte del trigo, o la tercera parte del trabajo, que habría costado en el siglo quince. Con el mismo gasto anual de trabajo y mercancías, Europa puede comprar anualmente cerca de tres veces la cantidad de plata que habría podido comprar en aquella época. Pero cuando una mercancía pasa a venderse por la tercera parte de lo que había sido su precio habitual, no solo aquellos que la compraban antes pueden adquirir tres veces su cantidad anterior, sino que se pone al alcance de un número mucho mayor de compradores, tal vez de más de diez, tal vez de más de veinte veces el número anterior. De modo que hoy en día puede haber en Europa no solo más de tres veces, sino más de veinte o treinta veces la cantidad de plata que habría habido en ella, aun en su estado actual de progreso, si nunca se hubiese hecho el descubrimiento de las minas americanas. Hasta ahí Europa ha obtenido, sin duda, una verdadera comodidad, aunque ciertamente muy insignificante. La baratura del oro y de la plata hace que esos metales sean un poco menos aptos para los fines del dinero que antes. Para hacer las mismas compras, debemos cargarnos con una mayor cantidad de ellos, y llevar en el bolsillo un chelín donde antes bastaba con un gordo. Es difícil decir cuál de las dos cosas es más insignificante, si esta incomodidad o la comodidad opuesta. Ni la una ni la otra habrían podido producir un cambio muy sustancial en la situación de Europa. El descubrimiento de América, sin embargo, produjo ciertamente uno muy sustancial. Al abrir un mercado nuevo e inagotable a todas las mercancías de Europa, dio lugar a nuevas divisiones del trabajo y a mejoras en las artes que, en el estrecho círculo del comercio antiguo, nunca habrían podido tener lugar por falta de un mercado que absorbiera la mayor parte de su producto.
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I. Del principio del sistema comercial o mercantil
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