egipcios descuidaron el comercio exterior y se sabe que los modernos chinos lo desprecian profundamente y apenas se dignan otorgarle la protección decorosa de las leyes. Las máximas modernas del comercio exterior, al aspirar al empobrecimiento de todos nuestros vecinos, en la medida en que son capaces de producir el efecto pretendido, tienden a hacer que ese mismo comercio sea insignificante y desdeñable.
Es en consecuencia de estas máximas que el comercio entre Francia y Inglaterra ha estado sujeto en ambos países a tantos desalientos y restricciones. Si esos dos países, sin embargo, consideraran su verdadero interés, sin celos mercantiles ni animosidad nacional, el comercio de Francia podría ser más ventajoso para la Gran Bretaña que el de cualquier otro país, y por la misma razón el de la Gran Bretaña para Francia. Francia es el vecino más próximo a la Gran Bretaña. En el comercio entre la costa meridional de Inglaterra y las costas septentrional y noroccidental de Francia, cabría esperar los retornos, del mismo modo que en el comercio interior, cuatro, cinco o seis veces al año. El capital empleado en este comercio podría, por lo tanto, mantener en movimiento en cada uno de los dos países cuatro, cinco o seis veces la cantidad de industria, y proporcionar empleo y subsistencia a cuatro, cinco o seis veces el número de personas que un capital igual podría hacer en la mayor parte de las otras ramas del comercio exterior. Entre las partes de Francia y de la Gran Bretaña más remotas entre sí, cabría esperar los retornos al menos una vez al año, e incluso este comercio sería en esa medida al menos igualmente ventajoso que la mayor parte de las otras ramas de nuestro comercio exterior europeo. Sería al menos tres veces más ventajoso que el tan alabado comercio con nuestras colonias norteamericanas, en el que los retornos rara vez se