Es de este modo como todo sistema que se esfuerza, ya sea por medio de estímulos extraordinarios, en atraer hacia una especie particular de industria una mayor porción del capital de la sociedad de la que naturalmente iría a ella; o, por medio de restricciones extraordinarias, en arrancar de una especie particular de industria cierta porción del capital que de otro modo se emplearía en ella; subvierte en realidad el gran propósito que se propone promover.
Retarda, en lugar de acelerar, el progreso de la sociedad hacia la riqueza y la grandeza reales; y disminuye, en vez de aumentar, el valor real del producto anual de su tierra y de su trabajo.
Eliminados por completo, por lo tanto, todos los sistemas, ya sean de preferencia o de restricciones, el sistema obvio y simple de la libertad natural se establece por su propia cuenta. A todo hombre, en tanto no viole las leyes de la justicia, se le deja perfectamente libre para buscar su propio interés a su manera, y para poner tanto su industria como su capital en competencia con los de cualquier otro hombre o clase de hombres. El soberano queda completamente exento de un deber en cuyo intento de cumplimiento estará siempre expuesto a innumerables engaños, y para cuya debida ejecución ninguna sabiduría o conocimiento humano podrían ser jamás suficientes: el deber de supervigilar la industria de los particulares y de dirigirla hacia las ocupaciones más adecuadas al interés de la sociedad. Según el sistema de la libertad natural, el soberano solo tiene tres deberes que atender; tres deberes de gran importancia, en verdad, pero claros e inteligibles para el entendimiento común: * primero, el deber de proteger a la sociedad contra la violencia y la invasión de otras sociedades