Bretaña. Pero su efecto real ha sido elevar la tasa de ganancia mercantil y permitir a nuestros comerciantes desviar hacia una rama de comercio, cuyos rendimientos son más lentos y lejanos que los de la mayor parte de las demás actividades, una proporción de su capital mayor de la que habrían destinado de otro modo; dos acontecimientos que, si una prima hubiera podido evitar, tal vez habría valido mucho la pena conceder semejante prima.
Bajo el actual sistema de administración, por lo tanto, Gran Bretaña no obtiene sino pérdidas del dominio que ejerce sobre sus colonias.
Proponer que la Gran Bretaña renuncie voluntariamente a toda autoridad sobre sus colonias, y las deje elegir a sus propios magistrados, promulgar sus propias leyes, y hacer la paz y la guerra según lo consideren oportuno, sería proponer una medida como jamás ha sido, y jamás será, adoptada por ninguna nación en el mundo. Ninguna nación ha renunciado jamás voluntariamente al dominio de provincia alguna, por problemática que pudiera resultar su gobernabilidad y por pequeño que fuera el ingreso que proporcionaba en proporción a los gastos que ocasionaba. Tales sacrificios, aunque con frecuencia pudieran ser convenientes para el interés, resultan siempre mortificantes para el orgullo de cualquier nación y, lo que es quizás de aún mayor consecuencia, van siempre en contra del interés privado de la clase gobernante de la misma, que se vería así privada de la disposición de muchos cargos de confianza y provecho, de muchas oportunidades de adquirir riqueza y distinción, que la posesión de la provincia más turbulenta y, para la gran masa del pueblo, más poco rentable, rara vez deja de ofrecer. El más visionario de los entusiastas apenas sería capaz de proponer tal medida, al menos con esperanzas fundadas de que fuera adoptada jamás. Si fuera adoptada, sin embargo, la Gran Bretaña no