Parece que esos metales se utilizaron originariamente para este fin en barras toscas, sin ningún sello ni acuñación.
Así nos lo cuenta Plinio, basándose en la autoridad de Timeo, un antiguo historiador, que hasta los tiempos de Servio Tulio los romanos no tenían moneda acuñada, sino que utilizaban barras de cobre sin sellar para comprar todo aquello que necesitaban. Estas toscas barras desempeñaban, por tanto, en aquel entonces la función de dinero.
El uso de los metales en este estado rudimentario conllevaba dos inconvenientes muy considerables:
- primero, el problema de pesarlos; y,
- segundo, el de ensayarlos.
En los metales preciosos, donde una pequeña diferencia en la cantidad supone una gran diferencia en el valor, incluso la tarea de pesar, con la debida exactitud, requiere al menos pesas y balanzas muy precisas. El peso del oro en particular es una operación de cierta delicadeza.
En los metales más burdos, en verdad, donde un pequeño error tendría poca importancia, sin duda sería necesaria menor exactitud. Sin embargo, nos resultaría sumamente molesto si cada vez que un hombre pobre tuviera necesidad de comprar o vender mercancías por valor de un farthing, se viera obligado a pesar el farthing.
La operación del ensayo es aún más difícil, aún más tediosa y, a menos que una parte del metal sea fundida justamente en el crisol, con los fundentes adecuados, cualquier conclusión que pueda extraerse de ella resulta sumamente incierta. Antes de la institución de la moneda acuñada, sin embargo, a menos que se sometieran a esta tediosa y difícil operación, las personas debieron haber estado siempre expuestas a los fraudes y abusos más burdos y, en