gravamen más bajo al que estaba sujeta la mayor parte de las mercancías del suelo, producto o manufactura de Francia. Pero sobre la mayor parte de las mercancías, dichos gravámenes equivalen a una prohibición. Los franceses, a su vez, han tratado, según creo, nuestras mercancías y manufacturas con la misma dureza, aunque no estoy tan bien familiarizado con los perjuicios particulares que les han impuesto. Esas restricciones mutuas han puesto fin a casi todo comercio honrado entre las dos naciones, y los contrabandistas son ahora los principales importadores, ya sea de mercancías británicas en Francia, o de mercancías francesas en Gran Bretaña. Los principios que he estado examinando en el capítulo anterior tuvieron su origen en el interés privado y en el espíritu de monopolio; aquellos que voy a examinar en este, en el prejuicio y la animosidad nacionales. Son, por consiguiente, como cabría esperar de buen grado, todavía más irrazonables. Lo son, incluso según los principios del sistema comercial.
Primero, aunque fuera seguro que en el caso de un comercio libre entre Francia e Inglaterra, por ejemplo, la balanza sería favorable a Francia, no se seguiría en absoluto que tal comercio fuese desventajoso para Inglaterra, o que la balanza general de todo su comercio resultara por ello más desfavorable. Si los vinos de Francia son mejores y más baratos que los de Portugal, o sus lienzos que los de Alemania, le resultaría más ventajoso a la Gran Bretaña comprar a Francia tanto el vino como el lienzo extranjero que necesitase, que a Portugal y Alemania. Aunque el valor de las importaciones anuales procedentes de Francia aumentaría considerablemente con ello, el valor de todas las importaciones anuales disminuiría, en la misma proporción en que los productos franceses de la misma calidad fuesen más baratos que los de los