La muy desigual remuneración del trabajo que con frecuencia encontramos en Inglaterra en lugares no muy distantes unos de otros se debe probablemente a los obstáculos que la ley de vecindad (law of settlements) impone al pobre que desea llevar su industria de una parroquia a otra sin un certificado.
Un hombre soltero, en verdad, que sea sano y laborioso, puede a veces residir por tolerancia sin él; pero un hombre con esposa e hijos que intentase hacerlo se vería con seguridad expulsado en la mayoría de las parroquias, y si el soltero se casara más tarde, por lo general también sería expulsado.
La escasez de brazos en una parroquia no puede, por tanto, remediarse siempre con su superabundancia en otra, como ocurre constantemente en Escocia y, creo, en todos los demás países donde no existen trabas de vecindad.
En tales países, aunque los salarios puedan subir a veces un poco en las cercanías de una gran ciudad, o allí donde haya una demanda extraordinaria de trabajo, y descender gradualmente a medida que aumenta la distancia desde dichos lugares, hasta volver a caer a la tarifa común del país, nunca nos encontramos con esas diferencias repentinas e inexplicables en los salarios de lugares vecinos que a veces hallamos en Inglaterra, donde a menudo le resulta más difícil a un hombre pobre cruzar la frontera artificial de una parroquia que un brazo de mar o una cadena de altas montañas, límites naturales que a veces separan muy claramente diferentes niveles de salarios en otros países.
Expulsar a un hombre que no ha cometido ningún delito de la parroquia en la que elige residir es una evidente violación de la libertad y la justicia naturales. El pueblo llano de Inglaterra, sin embargo, tan celoso de su libertad, pero que —como el pueblo llano de la mayoría de los demás países— nunca