Esta es la breve historia de la república de Berna, así como de varias otras ciudades en Suiza. Si se exceptúa a Venecia —pues de esa ciudad la historia es algo diferente—, es la historia de todas las repúblicas italianas importantes, de las cuales un número tan grande surgió y pereció entre finales del siglo XII y principios del siglo XVI.
En países como Francia o Inglaterra, donde la autoridad del soberano, aunque frecuentemente muy baja, nunca llegó a ser destruida por completo, las ciudades no tuvieron la oportunidad de volverse enteramente independientes.
Llegaron a ser, sin embargo, tan considerables que el soberano no podía imponerles ningún impuesto, además de la renta fija de la ciudad, sin su propio consentimiento. Se les requirió, por tanto, que enviasen diputados a la asamblea general de los estados del reino, donde podían unirse al clero y a los barones para conceder, en ocasiones urgentes, alguna ayuda extraordinaria al rey.
Como por lo general eran más favorables a su poder, sus diputados parecen haber sido empleados a veces por este como un contrapeso en dichas asambleas frente a la autoridad de los grandes señores.
De ahí el origen de la representación de los burgos en los estados generales de todas las grandes monarquías de Europa.
El orden y el buen gobierno, y junto con ellos la libertad y la seguridad de los individuos, se establecieron de este modo en las ciudades, en una época en que los ocupantes de las tierras en el campo estaban expuestos a toda clase de violencia. Pero los hombres en este estado de indefensión se conforman naturalmente con su subsistencia necesaria; porque adquirir más podría únicamente tentar la injusticia de sus opresores.