de trabajo común, ser capaz de ganar algo más de lo estrictamente necesario para su propio mantenimiento; pero en qué proporción, si en la antes mencionada o en cualquier otra, no me atreveré a determinarlo.
Hay ciertas circunstancias, sin embargo, que a veces conceden a los obreros una ventaja y les permiten elevar sus salarios considerablemente por encima de esta tasa; evidentemente la más baja que es compatible con la común humanidad.
Cuando en cualquier país la demanda de quienes viven de salarios —jornaleros, oficiales, sirvientes de toda especie— aumenta continuamente; cuando cada año proporciona empleo a un número mayor que el que había sido empleado el año anterior, los obreros no tienen necesidad de asociarse para elevar sus salarios. La escasez de brazos ocasiona una competencia entre los amos, quienes pugnan entre sí para conseguir trabajadores y, de este modo, rompen voluntariamente la combinación natural de los amos para no subir los salarios.
La demanda de quienes viven de salarios, es evidente, no puede aumentar sino en proporción al incremento de los fondos destinados al pago de dichos salarios. Estos fondos son de dos clases;
- primero, la renta que excede lo necesario para el mantenimiento;
- y, segundo, el capital que excede lo necesario para el empleo de sus amos.
Cuando el terrateniente, el rentista o el hombre acaudalado tiene una renta mayor que la que juzga suficiente para mantener a su propia familia, emplea la totalidad o una parte de ese excedente en mantener a uno o más criados domésticos. Aumente este excedente, y aumentará naturalmente el número de esos criados.
Cuando un artesano independiente, como un tejedor o un zapatero, tiene más capital del que necesita para comprar los materiales de su