Calculad en cualquier lugar determinado lo que probablemente ganan y lo que probablemente gastan al año todos los diferentes operarios de un oficio común, como el de los zapateros o los tejedores, y hallaréis que la primera suma generalmente excede a la segunda.
Pero haced el mismo cálculo con respecto a todos los abogados y estudiantes de derecho, en los distintos colegios de abogados (inns of court), y veréis que sus ganancias anuales guardan una proporción muy pequeña respecto a sus gastos anuales, aun cuando estiméis las primeras tan altas, y los segundos tan bajos, como buenamente se pueda.
La lotería de la ley, por lo tanto, dista mucho de ser una lotería perfectamente justa; y esa, así como muchas otras profesiones liberales y honorables, está, en lo que respecta a la ganancia pecuniaria, evidentemente inframunerada.
Esas profesiones conservan su nivel, sin embargo, con otras ocupaciones, y, a pesar de estos desalientos, todos los espíritus más generosos y liberales están ávidos por precipitarse en ellas. Dos causas diferentes contribuyen a recomendarlas. Primero, el deseo de la reputación que acompaña a la excelencia superior en cualquiera de ellas; y, segundo, la confianza natural que cada hombre tiene, en mayor o menor medida, no sólo en sus propias habilidades, sino en su propia buena fortuna.
Sobresalir en cualquier profesión, en la que pocos llegan a la mediocridad, es la marca más decisiva de lo que se llama genio o talentos superiores.
La admiración pública que acompaña a tan distinguidas habilidades constituye siempre una parte de su recompensa; mayor o menor en proporción a cuán alta o baja sea en grado.
Constituye una parte considerable de esa recompensa en la profesión de la medicina; quizás una aún mayor en la del derecho; en la poesía y en la filosofía constituye casi la totalidad.