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nydus/The Wealth of NationsPublic
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II. Del principio que motiva la división del trabajo

La diferencia entre los caracteres más disímiles, entre un filósofo y un porteador de la calle común, por ejemplo, parece surgir no tanto de la naturaleza, como del hábito, la costumbre y la educación. Cuando vinieron al mundo, y durante los primeros seis u ocho años de su existencia, eran, tal vez, muy parecidos, y ni sus padres ni sus compañeros de juegos podían percibir ninguna diferencia notable. Alrededor de esa edad, o poco después, pasan a emplearse en ocupaciones muy diferentes. La diferencia de talentos empieza entonces a notarse y se amplía gradualmente, hasta que al final la vanidad del filósofo apenas está dispuesta a reconocer parecido alguno. Pero sin la disposición a traficar, hacer trueques e intercambiar, cada hombre se habría procurado por sí mismo todas las necesidades y comodidades de la vida que requería. Todos habrían tenido los mismos deberes que cumplir y el mismo trabajo que hacer, y no habría podido existir esa diferencia de ocupaciones que es la única capaz de dar ocasión a una gran diferencia de talentos.

Y así como es esta disposición la que forma esa diferencia de talentos, tan notable entre los hombres de diferentes profesiones, así es esta misma disposición la que hace que dicha diferencia sea útil.

Muchas especies de animales, de las que se reconoce que son todas de la misma casta, derivan de la naturaleza una distinción de genio mucho más notable que la que, antes de la costumbre y la educación, parece manifestarse entre los hombres.

Por naturaleza, un filósofo no se diferencia en su genio y disposición de un porteudor de la calle ni la mitad de lo que un mastín se diferencia de un galgo, o un galgo de un lebrel, o este último de un perro ovejero.

Aquellas diferentes tribus de animales, sin embargo, aunque todas de la misma especie, no son de casi ninguna utilidad las unas para las otras.

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