familiarizado. * El capital del terrateniente, por el contrario, que está fijo en el mejoramiento de su tierra, parece estar tan bien asegurado como la naturaleza de los asuntos humanos lo permite. La belleza del campo, además, los placeres de la vida campestre, la tranquilidad de espíritu que promete y, siempre que la injusticia de las leyes humanas no la perturbe, la independencia que realmente proporciona, poseen encantos que atraen a todos en mayor o menor medida; y así como cultivar la tierra fue el destino original del hombre, en cada etapa de su existencia parece conservar una predilección por esta
Sin la ayuda de algunos artesanos, en verdad, el cultivo de la tierra no puede llevarse a cabo sino con gran inconveniencia y continua interrupción. Herreros, carpinteros, carreteros y aradores, albañiles y constructores, curtidores, zapateros y sastres son personas cuyos servicios el granjero requiere con frecuencia. Dichos artesanos también necesitan, ocasionalmente, de la ayuda de los demás; y como su residencia no está, como la del granjero, necesariamente ligada a un lugar preciso, se establecen de manera natural en las inmediaciones unos de otros, formando así un pequeño pueblo o aldea. El carniceró, el cervecero y el panadero pronto se les unen, junto con muchos otros artesanos y detallistas, necesarios o útiles para suplir sus necesidades ocasionales, y que contribuyen aún más a aumentar la población. Los habitantes de la ciudad y los del campo son mutuamente sirvientes los unos de los otros. La ciudad es una feria o mercado continuo, al cual acuden los habitantes del campo para cambiar sus productos brutos por manufacturados.