Este estado de desánimo y depresión se sintió en mayor o menor medida en todas las diferentes partes del país, y se pusieron en marcha muchas investigaciones diferentes acerca de las causas del mismo. Una de esas causas parecía ser la preferencia concedida, por las instituciones del señor Colbert, a la industria de las ciudades por encima de la del campo.
Si la vara se dobla demasiado hacia un lado, dice el refrán, para enderezarla hay que doblarla otro tanto hacia el otro. Los filósofos franceses, que han propuesto el sistema que presenta a la agricultura como la única fuente de los ingresos y de la riqueza de todos los países, parecen haber adoptado esta máxima proverbial; y así como en el plan del señor Colbert la industria de las ciudades fue ciertamente sobrevalorada en comparación con la del campo, en el sistema de aquellos parece ser igualmente infravalorada.
Los diferentes órdenes de personas de quienes alguna vez se ha supuesto que contribuyen de algún modo hacia el producto anual de la tierra y del trabajo del país, los dividen en tres clases:
- La primera es la clase de los propietarios de la tierra.
- La segunda es la clase de los cultivadores, de los granjeros y de los trabajadores del campo, a quienes honran con la denominación peculiar de clase productiva.
- La tercera es la clase de los artesanos, fabricantes y comerciantes, a quienes se esfuerzan por degradar con la denominación humillante de clase estéril o improductiva.
La clase de los propietarios contribuye a la producción anual mediante el gasto que ocasionalmente pueda realizar en la mejora de la tierra, en los edificios, zanjas, cercados y otras mejoras que pueda realizar o mantener en ella, y por medio de los cuales los cultivadores pueden, con el mismo capital, obtener una mayor producción y, en consecuencia, pagar una mayor renta.