hacían difícil que un hombre libre pobre pudiera mantener la competencia contra ellos. Los ciudadanos, por consiguiente, que no tenían tierras, apenas contaban con otro medio de subsistencia que las dádivas de los candidatos en las elecciones anuales. Los tribunos, cuando tenían la intención de soliviantar al pueblo contra los ricos y los grandes, les recordaban la antigua división de tierras y presentaban aquella ley que restringía esta clase de propiedad privada como la ley fundamental de la república. El pueblo comenzó a clamar por tierras, y los ricos y los grandes, como podemos suponer, estaban firmemente decididos a no cederles ninguna parte de las suyas. Para satisfacerlos en cierta medida, por tanto, proponían frecuentemente enviar una nueva colonia. Pero la Roma conquistadora, incluso en tales ocasiones, no se hallaba bajo la necesidad de expulsar a sus ciudadanos para buscar fortuna, por decirlo así, por el vasto mundo, sin saber dónde habrían de establecerse. Les asignaba tierras por lo general en las provincias conquistadas de Italia, donde, al hallarse dentro de los dominios de la república, nunca podían formar un Estado independiente, sino que eran a lo sumo una especie de corporación que, aunque poseía la facultad de dictar estatutos para su propio gobierno, estaba en todo momento sujeta a la corrección, jurisdicción y autoridad legislativa de la ciudad matriz. El envío de una colonia de esta índole no sólo brindaba cierta satisfacción al pueblo, sino que con frecuencia establecía también una especie de guarnición en una provincia recién conquistada, cuya obediencia de otro modo podría haber sido dudosa. Una colonia romana, por consiguiente, ya consideremos la naturaleza del establecimiento en sí o los motivos para llevarlo a cabo, era totalmente distinta de una griega. Las palabras correspondientes que en las lenguas originales designan estos diferentes asentamientos tienen significados muy diversos. La palabra latina (colonia)
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VII. De las Colonias
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