haber visto o del que he oído hablar, que, sumados el oro y la plata, ascendía a treinta millones. Si la guerra se hubiera llevado a cabo por medio de nuestro dinero, este habría tenido que ser enviado en su totalidad y devuelto de nuevo al menos dos veces en un período de entre seis y siete años, incluso según este cálculo. De suponerse esto, se ofrecería el argumento más decisivo para demostrar cuán innecesario es que el gobierno vele por la conservación del dinero, ya que, bajo esta suposición, todo el dinero del país se habría marchado de él y habría regresado de nuevo dos veces distintas en un período tan corto, sin que nadie supiera absolutamente nada al respecto. El canal de circulación, sin embargo, nunca pareció más vacío que de costumbre durante ninguna parte de este período. Poca gente careció de dinero si tenía con qué pagarlo. Las ganancias del comercio exterior fueron, en verdad, mayores de lo habitual durante toda la guerra, pero especialmente hacia el final de la misma. Esto ocasionó lo que siempre ocasiona: un exceso general de comercio en todos los puertos de la Gran Bretaña; y esto, a su vez, originó la queja habitual sobre la escasez de dinero que siempre sigue al exceso de comercio. Mucha gente lo deseaba sin tener con qué comprarlo ni crédito para pedirlo prestado; y como a los deudores les resultaba difícil pedir prestado, a los acreedores les resultaba difícil cobrar. No obstante, el oro y la plata solían conseguirse por su valor para aquellos que disponían de dicho valor para entregarlo a cambio.
Por consiguiente, el enorme gasto de la última guerra debió de ser sufragado principalmente, no por la exportación de oro y plata, sino por la de mercancías británicas de una u otra clase. Cuando el gobierno, o quienes actuaban bajo sus órdenes, contrataban con un comerciante una remesa a algún país extranjero, este procuraba naturalmente pagar a su corresponsal en el extranjero, sobre quien había librado una letra,