Esto tal vez pueda hacerse a veces sin imprudencia alguna.
Cuando una gran compañía, o incluso un gran comerciante, tiene veinte o treinta barcos en el mar, pueden, por decirlo así, asegurar los unos a los otros. La prima ahorrada en todos ellos puede compensar con creces las pérdidas que probablemente sufran en el curso ordinario de las contingencias.
Sin embargo, la omisión del seguro en la navegación, del mismo modo que en las casas, es, en la mayoría de los casos, el resultado no de un cálculo tan sutil, sino de una mera temeridad irreflexiva y de un desprecio presuntuoso del riesgo.
El desprecio al riesgo y la presuntuosa esperanza de éxito no están en ningún período de la vida más activos que a la edad en que los jóvenes eligen sus profesiones.
Cuán poco es capaz entonces el temor a la desgracia de contrarrestar la esperanza de buena suerte se manifiesta aún más claramente en la presteza de la gente común para enrolarse como soldados o irse a la mar, que en el entusiasmo de aquellos de mejor posición por ingresar en las llamadas profesiones liberales.
Lo que un soldado raso puede perder es bastante obvio. Sin embargo, sin tener en cuenta el peligro, los jóvenes voluntarios nunca se alistan con tanta facilidad como al comienzo de una nueva guerra; y aunque apenas tienen oportunidad de ascenso, se figuran en sus fantasías juveniles mil ocasiones de adquirir honor y distinción que jamás se presentan.
Estas esperanzas románticas constituyen el precio íntegro de su sangre.
Su paga es menor que la de los jornaleros comunes y, en servicio activo, sus fatigas son mucho mayores.