equivalía a la totalidad del producto de la tierra. Su señor podía disponer en todo momento de su trabajo en tiempos de paz y de su servicio en tiempo de guerra. Aunque vivían lejos de su casa, dependían de él tanto como sus criados que vivían en ella. Pero la totalidad del producto de la tierra pertenece indudablemente a quien puede disponer del trabajo y del servicio de todos aquellos a quienes alimenta. En el estado actual de Europa, la parte del propietario rara vez excede de un tercio, y a veces ni siquiera alcanza la cuarta parte, del producto total de la tierra. La renta de la tierra, sin embargo, en todas las regiones cultivadas del país, se ha triplicado y cuadruplicado desde aquellos tiempos antiguos; y este tercio o cuarta parte del producto anual es, al parecer, tres o cuatro veces mayor que lo que había sido el total anteriormente. En el curso del progreso, la renta, aunque aumenta en proporción a la extensión, disminuye en proporción al producto de la tierra.
En los opulentos países de Europa, las grandes capitales se emplean actualmente en el comercio y las manufacturas.
En el Estado antiguo, el poco comercio que había y las escasas, sencillas y burdas manufacturas que se realizaban requerían capitales muy pequeños. Estos, sin embargo, debían de haber arrojado beneficios muy grandes. El tipo de interés no bajaba del diez por ciento en ninguna parte y sus beneficios debían de ser suficientes para sufragar este gran interés.
En la actualidad, el tipo de interés, en las regiones más desarrolladas de Europa, no supera en ninguna parte el seis por ciento y en algunas de las más prósperas es tan bajo como el cuatro, el tres y el dos por ciento.
Aunque aquella parte de la renta de los habitantes que proviene de los beneficios del capital es siempre mucho mayor en los países ricos que en los pobres, se debe a que el capital es mucho mayor: en proporción al capital, los beneficios son generalmente mucho menores.